El asesinato de Jessica Lunsford

CAPÍTULO I. El secuestro

Estaba sentado sobre uno de los mugrientos sillones que tenía en el salón. Dark le observaba desde lo alto de la estantería. Lo miraba con indiferencia, como si ya supiera lo que iba a hacer esa misma noche. Aquel gato negro había aparecido entre unos cartones tirados al lado de unos contenedores, cerca de la casa donde había compartido vivienda con su hermanastra. Desde que salió de prisión había perdido algo de relación con ella y con otros miembros suyos de la familia, pero al menos le dejaban resguardarse en aquella cochambrosa vivienda.

Los cordones de los borceguíes que trataba de ponerse eran infinitamente largos. Le recordaban a aquellas botas militares que le dieron cuando ingresó en el ejército. Tenía que darles varias vueltas al tobillo para poder hacer un nudo y que quedase cómodo y decente. Se puso los guantes que le venían algo estrechos, tenían algunos agujeros algo deshilachados pero le harían perfectamente el apaño. Aquella noche era especialmente gélida y el pasamontañas negro también le ayudaría a combatir el frío. Cogió un saco que había dejado encima de la mesa, se despidió de Dark alargando el brazo, acariciándole suavemente la cabeza y salió por la puerta recibiendo en la cara un viento helado y cortante que haría que en pocos segundos comenzase a sentir un quemazón en las mejillas. Se acercó hasta la camioneta y cogió de la parte de atrás su preciada herramienta: una pata de cabra. Esa noche tenía trabajo. La metió dentro del saco y se lo colocó sobre su hombro mientras rodeaba la casa hasta salir a la parte trasera. Allí apenas alcanzaba la luz de las farolas y pasaría más desapercibido.

El último intento de robo que cometió le llevó a la cárcel. Además, ya tenía otros antecedentes penales por haber abusado de aquella preciosa niña que vivía dos casas más abajo de la suya en su antigua residencia. Los últimos quince o veinte años los había pasado entrando y saliendo de la prisión pero era la única forma de vida que conocía desde la adolescencia. 

Llegó hasta la vivienda de los Lunsford. Tenían el césped de atrás perfectamente cuidado. Las toscas botas dejaban huellas tras de sí en la humedecida hierba mientras avanzaba con sigilo hasta la ventana. Se asomó a través del cristal. La luna estaba resplandeciente aquella noche y gracias a ello pudo ver una pequeña sala con un sofá de cuero oscuro y una mesa con algunos discos encima. También un un equipo de música que debía de ser de los años 80. Aquello parecía ser la sala de música donde Mark Lunsford solía pasar el rato de vez en cuando. Con la ayuda de la pata de cabra y un golpe fuerte de muñeca, la ventana no tardó en ceder. Se escuchó un chasquido. Había roto el pestillo.

Levantó la ventana y entró en la vivienda con una agilidad asombrosa. Se acercó hasta la puerta y agarró el pomo girándolo suavemente mientras emitía un ligero chirrido. Asomó la cabeza con cautela, comprobando que, efectivamente, estaba él sólo en el pasillo. Todos dormían. Salió de la habitación de música y se adentró en un pasillo oscuro, iluminado únicamente por el reflejo de la luz de las farolas que entraba a través de algunas ventanas. Caminaba lentamente, cuidando cada uno de sus pasos y tratando de hacer el menor ruido posible. Quería conseguir algunas joyas que pudiera empeñar o vender de segunda mano y que le ayudasen a conseguir dinero rápido y fácil.

Sus pasos seguían avanzando por el largo pasillo. Llegó hasta una puerta entreabierta que llamó su atención y no pudo evitar detenerse y asomarse. A través del hueco pudo observar una estantería que se encontraba al fondo de la habitación en la que habían algunos peluches y muñecas. Una gran alfombra redonda y de color rosa cubría casi toda la habitación y unas cortinas traslúcidas con algunos dibujos infantiles caían tapando por completo la ventana. Al otro lado del cuarto, sobre la cama, un pequeño bulto se ocultaba tras la gruesa colcha. Abrió la puerta lentamente. Introdujo un pie. Luego el otro. Entró sutilmente acercándose a la cama observando unos mechones de cabello rubio. Un cabello donde se reflejaban la tenue luz que entraba a través del hueco que quedaba de la persiana entreabierta. Al llegar al borde de la cama, agachó la cabeza para ver mejor la carita de aquella niña que ya conocía de haberla visto jugar por el parque del barrio. También conocía a la señora Lunsford, su madre, que la llevaba por las mañanas al colegio y la traía de vuelta al acabar las clases. Sonrió.

Se quitó aquel guante con el que pretendía evitar dejar cualquier huella dactilar. Qué tontería más grande sería frustrar de forma tan absurda su robo. Guardó el guante en el bolsillo y comenzó a acariciar aquel pelo rubio y fino de Jessica. Sí, era Jessica. No cabía duda. Los ojos de la niña comenzaron a abrirse y se impregnaron de horror al ladear la cabeza y ver aquel sonriente rostro desconocido en medio de la noche. La mano dejó de acariciar sus cabellos y tapó su boca ahogándole un grito de terror. 

CAPÍTULO II. La espera

El crujir de la madera del armario la despertó. Jessica se encontraba en posición fetal allí dentro. Aunque la luz de la lámpara era sutil sintió dolor en los ojos que tuvo que abrirlos poco a poco. Pudo ver la silueta de John nuevamente y comenzó a recordar cómo la había despertado de madrugada y la había levantado de su cama. Le hizo prometer que no gritaría porque podría despertar a sus padres y eso les podría hacer enfadar. La sacó a la calle con el pijama puesto y la condujo varios metros hasta otra vivienda vecina. La recordaba de haber pasado con su madre cerca. Sabía que era la casa de aquel gato negro de ojos verdes penetrantes que se sentaba en el alféizar de la ventana de una de las habitaciones de arriba y la observaba cada día cuando volvía del colegio. Aquella casa estuvo cerrada durante algunos años pero desde hacía unos pocos meses estaba siendo habitada de nuevo. Sin embargo, el aspecto descuidado la hacía parecer en un estado de abandono, más incluso que cuando estaba vacía realmente.

La casa tenía un olor a rancio y el desorden y la suciedad reinaban por todas partes. Recordaba el momento justo cuando cruzó el umbral de la puerta de entrada en la madrugada y fue conducida por unas escaleras al piso de la planta superior. Ni siquiera encendió la luz, llevándola directamente hasta aquel cuarto donde pasaría encerrada los próximos días. Al entrar, una una pequeña lámpara que tenía sobre una mesita vieja y destartalada iluminaba tenuemente la habitación. Él entró primero, luego Jessica cautelosamente mientras había comenzado a quitarse las botas para lanzarlas a un rincón sobre unas mochilas de deporte. Se volteó hacia Jessica, que esperaba en medio de la habitación inquieta, compungida, aterrada por estar fuera de su casa con aquel desconocido que la había sacado a la fuerza de su habitación en plena madrugada. Se dirigió hacia ella y cogiéndola bruscamente de los brazos la arrojó sobre la cama y le arrancó la ropa. Todavía tenía demasiado presente aquella experiencia y lo peor es que sabía que volvería a sucederle lo mismo cuando la sacaba del armario mientras unas polillas revolotearon a su alrededor.

Había perdido la noción del tiempo. John se había encargado de bajar las persianas totalmente y cubrir las ventanas con unas gruesas cortinas para impedir que entrara cualquier pequeño rayo de sol. Siempre que Jessica escuchaba la llave del candado abrir la puerta del armario donde se mantenía en posición fetal, notaba como su cuerpo comenzaba a temblar y el dolor se le hacía insoportable. Tenía el pijama sucio y los pantalones se le habían manchado de sangre a causa de los desgarros.

CAPÍTULO III. Tierra mojada

Jessica metía un pie dentro de un gran saco negro de plástico. Era como aquellos que ponía su padre en los cubos de basura que tenía en el jardín. Había sonreído por primera vez desde hacía unos cuantos días. Estaba atardeciendo. Lo sabía porque había dejado las cortinas abiertas y parte de la persiana subida, dejando que los rayos del sol dorados iluminaran la habitación. Metió el otro pie dentro de la bolsa y John la subió hasta su cuello. Por fin iba a poder volver con sus padres. Jessica se agachó obedeciendo a John, para así poder cerrar la bolsa y poder jugar al escondite. Le había prometido que ese era el día en que volvería a casa pero debía hacerlo dándoles una gran sorpresa a sus padres. 

Notó la bolsa levantarse del suelo y con ella su cuerpo, que acabaría cayendo sobre la espalda de John, quedando separada únicamente por el plástico de la bolsa. Los pasos de John comenzaron a dirigirse hacia la puerta de forma rítmica. Salió por la parte de atrás y cruzó medio jardín con Jessica a cuestas. De pronto se detuvo y a Jessica le pareció demasiado corto aquel trayecto. No era posible que en tan poco tiempo hubiera llegado hasta su casa. Notó un balanceo y su cuerpo comenzó a caer hasta impactar contra el suelo de forma brusca. 

El sonido metálico de una pala se hundía en la tierra. A causa del impacto, una rama había roto parte de la bolsa y a través del hueco observaba esa misma tierra caer a su alrededor. El intenso olor de la húmeda tierra inundó por completo la bolsa. De forma rítmica iban cayendo montones sobre su cuerpo, notando cada vez más peso sobre sí. Jessica abrazó al pequeño osito de peluche y cerró los ojos. Volvía de nuevo la oscuridad. 

CAPÍTULO IV. Couey

Los nudillos de uno de los agentes tocaron a la puerta de John Couey. A los pocos segundos se abría y éste les miró con desconcierto. Su hermanastra había llamado horas antes a la comisaría dando permiso para hacer un registro de aquella vivienda. Las sospechas de la policía iban dirigidas desde el principio hacia John, pero sin ninguna prueba no podía más que tratar de investigar para hallar algún indicio que les diera respuestas. Con resignación, John se apartó cediendo el paso a los agentes. Entraron y se dirigieron directamente hasta las habitaciones. Todo estaba en silencio. Entraron en la primera de las habitaciones pero no encontraron ningún indicio que les hiciera sospechar. Siguieron buscando.

La segunda de las habitaciones desprendía un olor a cerrado. Se notaba que la casa no se ventilaba a diario. Subieron la persiana con esfuerzo hasta la mitad y entró algo de luz que iluminó aquel desastre. El colchón había desaparecido y unos pantalones vaqueros desgastados junto con una sudadera roja estaban sobre el somier metálico. Las botas sobre la mochila de deporte seguía en el mismo sitio, pero esta vez acompañada de más ropa tirada a su alrededor. También habían algunas herramientas. 

Comenzaron a abrir cajones de los destartalados muebles que había allí. Ropa vieja, papeles y otros objetos sin ningún valor comenzaron a llenar el suelo de aquella habitación, tanto, que comenzaba a ser difícil caminar. El interior del armario no estaba mucho mejor. Allí se encontraba un colchón de espuma sujeto por una cuerda que evitaba que se desenrollase. Al lado, un montón de sábanas apiladas que desprendían un fuerte hedor penetró en las fosas nasales de uno de los agentes. Entre ambos extendieron la sábana parcialmente y apreciaron unas manchas marrones que intuyeron que podría tratarse de sangre. El colchón también se convertiría en una prueba directa de la investigación.

***

John iba esposado en el vehículo de la policía. Se dirigían nuevamente hasta su casa. Tras aquel registro había sido detenido por ser sospechoso de la desaparición de Jessica. Los interrogatorios no habían ido demasiado bien y había cometido errores importantes. Debía de haber enterrado en el mismo foso aquellas sábanas y el colchón junto con el cuerpo de la niña. Las pruebas que habían llevado al laboratorio había determinado que efectivamente se trataba sangre de Jessica. Le habían estado preguntando durante horas sobre el paradero pero se había estado negando en rotundo a responder las preguntas de aquellos policías.

Los medios de comunicación estaban empezando a decir que el gobierno sacaría una nueva ley después de la desaparición de Jessica. Su padre estaba poniendo grandes esfuerzos por su parte para que aquello se hiciese así. John pensaba que había tenido esa suerte al no monitorizarse los agresores sexuales de menores cuando salían de prisión, pero ahora querían que aquello fuese distinto. Querían que estuviesen todos controlados de por vida y bien localizados, para evitar otros casos como el de Jessica. Estaba claro que se había equivocado de niña. Con las anteriores que venían de familias desestructuradas no habían puesto tanto empeño en averiguar qué había pasado.

El coche de la policía se detuvo justo delante de su casa. Los agentes bajaron y rodearon el vehículo. Abrieron la puerta y le ayudaron a bajar. Justo detrás aparcó otro coche del que se bajó otra pareja de policías acompañados del médico forense y un secretario del juzgado. Les había prometido que les llevaría hasta el lugar donde había enterrado a la pequeña. Rodearon la casa hasta llegar a la parte de atrás y un montón de tierra removida se veía desde lejos. Los agentes comenzaron a cavar y tras unos minutos. Ni siquiera hizo falta que John les dijera nada. Tan sólo esperaba impasible junto al hoyo con las esposas puestas. Comenzó a asomarse el plástico negro de la bolsa. Con sumo cuidado terminaron de retirar los restos de tierra, rasgaron la bolsa y el cuerpo semidescompuesto de Jessica asomó rodeando con sus brazos un pequeño oso de peluche.


8 comentarios sobre “El asesinato de Jessica Lunsford

    1. Gracias por tu comentario Ana. El jueves de la semana que viene el desenlace, ¡pero mientras estate atenta porque habrán nuevas historias! 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *