Edmund Kemper: Diario de un asesino de colegialas

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Edmund Kemper, conocido como el asesino de colegialas, asesinó a un total de 10 personas, incluyendo a su propia madre. Vimos su caso en Mindhunter, la exitosa serie de Netflix.

Hoy te cuento su historia desde un enfoque muy personal. Me adentro en su mente para contarte cómo vivió y qué sitió a la hora de cometer sus crímenes.

Edmund Kemper, asesino en serie y necrófilo

Edmund Kemper es un asesino en serie y necrófilo que sigue cumpliendo condena actualmente por haber cometido un total de 10 crímenes entre los que se incluyen sus abuelos y su propia madre. Recientemente rescatado su caso en la exitosa serie de Netflix, Mindhunter, se recordaban sus asesinatos con aquellos agentes del FBI interesados en lo que esconden las mentes de estos voraces criminales. 

Tras una perturbada infancia donde su madre jugó un papel importante en el desarrollo de su personalidad antisocial, cometió su primer doble asesinato -siendo sus víctimas sus abuelos-, siendo todavía menor. 
Aquello, lejos de detener su instinto depredador, se intensificó. Tras adquirir su Ford, comenzó a merodear paseando lentamente por las calles en busca de sus víctimas e invitando a subir a aquellas jovencitas que hacían auto stop.

Eso sí, no sin antes practicar diversas técnicas para ganarse la confianza de las chicas y observar cuál de todas funcionaba mejor para lograr su objetivo. Edmund Kemper llegó a confesar que, efectivamente, trataba de redirigir el odio que sentía hacia su propia madre y que de haberlo canalizado hacia ella desde el primer momento, todas esas jóvenes todavía seguirían vivas. 

A lo largo de este artículo, me adentro en la mente de Kemper para contarte cuáles pudieron ser sus emociones a la hora de cometer aquellos asesinatos.

El asesino de colegialas. Mi historia. 

No tuve una infancia feliz. Esto es sobradamente conocido por todos. Sé que no le gustará a todo el mundo lo que voy a escribir a continuación, pero también sé lo mucho que le fascina a otros mi mente. Podría comenzar diciendo que nací en Burbank (California), el 18 de diciembre de 1948, al fin y al cabo las historias simples siempre suelen comenzar así. Sin embargo, creo que resultaría tremendamente aburrido.

Quizá os interese más saber cómo disparé a mis abuelos cuando tenía 15 años o cómo maté a mi madre y violé su cabeza decapitada. Ella tuvo la culpa de todo, ¿sabéis? Si la hubiera matado mucho antes de cuando lo hice, ahora todas aquellas chicas inocentes seguirían vivas. Pero no quiero adelantarme. Comencemos por el principio.

La infancia perturbada de Edmund Kemper

Recuerdo tener mucho frío en aquel oscuro sótano. Después de que mis padres se divorciasen en 1957, cuando yo tenía 9 años, mi padre se marchó. Le echaba de menos y mi vida iba de mal en peor en compañía de mi madre y de mis hermanas. Quien se supone que debía de quererme y protegerme, me humillaba. Decía que si me mostraba cualquier atisbo de afecto me volvería gay. También tenía problemas con el alcohol y su conducta violenta física y psicológicamente me hacía cada día más daño. 

Cuando me quedaba encerrado en aquel sótano, donde decía que tenía que dormir todas las noches porque temía que pudiera hacerle algo a mis hermanas, reflexionaba. Mis sentimientos comenzaron a ser cada vez más oscuros. Algo estaba creciendo dentro de mi que no lograba entender todavía qué era aquello. Me ardía el pecho. Me dolía la garganta y se me acumulaban las lágrimas en los ojos porque yo, en el fondo, quería querer a mi madre. Pero ella no me dejaba. Fue ella la única y verdadera culpable de todo lo que te voy a contar. 

Una vez estaba jugando en el jardín con un gato que teníamos de mascota. Yo tenía 10 años por aquel entonces y lo que debió ser un juego de niños acabó por ser otra cosa. Comencé a cavar un profundo hoyo con una pequeña pala que tenía a mano. Cuando vi que fue lo suficientemente profundo, obligué al gato a meterse dentro y comencé a echarle tierra por encima hasta que desapareció de mi vista. Esperé.

Después lo desenterré, lo decapité y clavé su cabeza en una estaca. Los gritos de horror me hicieron sentir bien. Por primera vez, no era yo quien sufría. Eso sí, todavía obtuve más placer al mentir sobre lo que le había sucedido al gato.

Tres años más tardes volví a matar a otro gato. Estaba cansado de que mi hermana obtuviese mejor trato que yo. Estaba cansado de ser un cero a la izquierda constantemente. Lo descuarticé y metí sus partes en su armario y esperé a que lo descubriese, pero lo encontró mi madre. En el fondo fue divertido, pero no tanto como esperaba.

Mi madre seguía menospreciándome, burlándose de mi, llamándome <<bicho raro>> y negándome cualquier muestra de cariño. Aunque convivía con ella y mis hermanas, realmente estaba solo y aislado emocionalmente. Necesitaba encontrar algo que me hiciera sentir bien conmigo mismo, algo en lo que distraer mi mente y salir de aquella espiral de dolor y sufrimiento al que me tenían acostumbrado y cansado a la vez. Empecé a desarrollar mis propias fantasías.

Ahí era completamente libre de imaginar todo lo que quisiera y que fuese todo como yo quería. Cogía las muñecas de mi hermana, las decapitaba y les cortaba las manos. Comencé a jugar a dos juegos que me apasionaban: la cámara de gas y la silla eléctrica. Esta última era la más divertida. Yo me sentaba en la silla y mi hermana me ataba. Luego simulaba accionar un botón y yo comenzaba a temblar y a retorcerme imaginanado que una descarga eléctrica potente recorría mi cuerpo y me achicharraba hasta el último poro de mi piel.

Quizá estos juegos los desarrollase después de dos episodios donde mis hermanas me empujaron y casi pierdo la vida. Una a la vía del tren y otra al fondo de una piscina donde casi muero ahogado. Quién sabe… el caso es que mi relación con la muerte ha sido siempre muy especial. 

Recuerdo salir a escondidas con una bayoneta en busca de una de mis profesoras. Mi hermana se burlaba de mi, decía que estaba enamorado de ella y que debería besarla. Le dije que antes de hacer eso tendría que matarla. ¿De verdad pensaba que lo decía de broma? Mi madre me recordaba casi cada día que ninguna mujer me querría jamás. Me decía que ninguna querría estar conmigo. Bueno, si estaban muertas no tenían otro remedio. De esta manera sí que podría obtener algunas muestras de cariño, ¿no?

El asesinato de los abuelos de Edmund Kemper

Odiaba a mi madre. Y no soportaba más la idea de seguir viviendo bajo el mismo techo que ella, así que me escapé. Me fui en busca de mi padre pero me llevé una enorme decepción al enterarme de que se había vuelto a casar. Y no sólo eso, también tenía un hermanastro de la noche a la mañana. No tardé mucho tiempo en salir de aquella casa. La verdad es que parecía que no existiera en el mundo un lugar donde quedarme y poder vivir tranquilamente.

Acabé viviendo en casa de mis abuelos paternos y la convivencia no fue mejor. A finales de agosto de 1964 tuve una fuerte discusión con mi abuela. Me recordaba a mi madre con ese afán de dominación contante y humillación hacia los demás. Nos tenía capados a mi abuelo y a mi y no soportaba la idea de haber salido de una cárcel emocional para meterme en otra. 

Fui a por un rifle que tenía mi abuelo para cazar y sin inmutarme disparé en la cabeza de aquella anciana. Me acerqué hacia su cadáver dando dos pasos más y volví a disparar sobre su espalda un par de veces. La cocina se llenó de sangre en cuestión de segundos. Apoyé la culata en el suelo y dejé caer mi cuerpo sobre la silla. Respiré.

Escuché como la camioneta de mi abuelo aparcaba delante de la casa y sacaba del vehículo dos bolsas. Llegaba de hacer la compra. ¿Qué podía hacer? No creía que lo mejor fuese que viera aquel dantesco espectáculo que había creado en cuestión de segundos. Me acerqué a la puerta y la abrí. Mi abuelo me miró y me sonrió dándome la bienvenida pero aquella sonrisa se desvaneció al verme apuntarle con el rifle. Ni siquiera le dio tiempo a soltar las bolsas antes de que la bala entrase en su cuerpo y se desplomase en la entrada misma. 

Llamé a mi madre. No sé porqué lo hice pero llamé a mi madre. Yo quería quererla. Ella debía de protegerme y cuidarme. Era mi madre. Le conté lo que acababa de hacer y tras un silencio me dijo que llamase a la policía. Le hice caso y aguardé pacientemente hasta que vinieron a detenerme. Yo sólo quería saber qué se sentía al matarla y acabar con esa actitud déspota. Al abuelo lo maté para que no tuviera que presenciar aquello.

En aquel momento tenía 15 años y los psiquiátras decían que aquellos asesinatos eran algo incomprensible para mi corta edad. Me diagnosticaron esquizofrenia. Vaya psicquiatras… qué poco me costó convercerles de que estaba rehabilitado. Y digo rehabilitado porque ellos pensaban que estaba enfermo pero ni lo estaba, ni lo estoy ahora. Nunca he estado enfermo. De hecho, las pruebas de inteligencia que me hicieron dio una puntuación de 145 puntos. Muy por encima de la media.

Mi actitud tranquila y sosegada, así como mi amable y educada forma de hablar, me llevaron a ser un preso modelo. De hecho, por si no lo sabes… llegué a entender cuáles eran las variables de aquellas escalas de comportamiento que los psiquiátras me hacían hacer y no sólo las pasé, sino que además las perfeccioné y desarrollé otras tantas. Aprendí mucho con los depredadores sexuales a los que yo mismo hice estas pruebas poniéndolas en práctica. Me dijeron que cuando se violaba a una mujer, era mejor matarla después para no dejar pruebas. 

El comienzo de mi carrera criminal: Big Ed, el asesino de colegialas

BEl 7 de mayo de 1972, me encontraba en el interior de mi Ford Galaxie que había aparcado frente al apartamento donde vivía. Había alquilado una habitación con un compañero pero las dificultades económicas me hacían mantener relación todavía con mi madre. Parecía ser imposible cortar cualquier tipo de relación con ella.

Afortunadamente ese día no estaba mi compañero, así que tenía barra libre para hacer lo que quisiera en casa. Observé a mi alrededor y bajé del vehículo. Unos vecinos paseaban por la acera y nos saludamos con un amable gesto y una forzada sonrisa disimulando complicidad. Esperé a que se alejaran y abrí el maletero. Allí estaban Mary Ann Pesce y Anita Luchessa. Las acababa de asesinar. Las apuñalé y las estrangulé.

Saqué a las dos chicas del coche y las metí dentro del apartamento. Una vez dentro, mantuve relaciones sexuales con ambos cuerpos. Después, las desmembré y fui metiendo sus miembros en bolsas de basura que abandonaría en un barranco. La siguiente víctima fue Aiko Koo, la noche del 14 de septiembre de 1971, con la que hice exactamente lo mismo que con las otras dos. 

La tercera víctima, Cindy Schall, murió a causa de un disparo el 7 de enero de 1973. Aquí ya me había atrevido a utilizar un arma del calibre 22 que guardaba en mi Ford y me acompañaba en cada aventura nueva que iniciaba. A Cindy la llevé hasta la casa de mi madre y la metí en el armario de mi antigua habitación. No se dio cuenta. De hecho, al día siguiente se fue a trabajar sin percatarse que había dormido toda la noche con un cadáver en el armario de su hijo.

Por la mañana tuve relaciones sexuales con Cindy, después, retiré con cuidado la bala para evitar que la policía tuviera una pista tan valiosa, desmembré sus extremidades y la decapité. Enterré en el jardín el cuerpo, a excepción de la cabeza, que la mantuve conmigo durante varios días para satisfacer mis fantasías sexuales. 

El 5 de febrero de 1973 acababa de discutir, una vez más, con mi madre. Aquellas discusiones me ponían enfermo y necesitaba salir para calmarme. La policía ya estaba en alerta y buscaba sin cesar al que estaba arrebatando la vida de tanta chica joven. Afortunadamente no sospechaban de mí, así que me sentía bastante tranquilo.

Se habían dado cuenta de que todas aquellas jóvenes tenían un punto en común: estaban haciendo autostop. El consejo que dio es que ninguna se subiera a un vehículo que no tuviera el logotipo de la Universidad de California, pero mi madre era empleada de aquella Universidad, así que no me fue difícil hacerme con una.

Como iba diciendo, necesitaba salir para calmarme y fueron Rosalind Thorme y Allison Liu las que recibieron un disparo cada una y se vinieron conmigo para volver a saciar mi sed. Esta vez las decapité en el coche, mientras ingeniaba cómo iba a hacerlo mientras volvía a casa con ellas en el maletero. Mantuve las cabezas en el Ford y llevé los cuerpos dentro de casa. Y sí, como te estás imaginando… mantuve relaciones sexuales con ellas. A la mañana siguiente me deshice de los cuerpos, pero no sin antes retirar las balas. 

Las balas eran algo valioso para la policía, al igual que lo era la cabeza y las manos. Ahí está la mayor parte de la información para identificar a una persona. La cabeza, en realidad, es donde está todo. Están los ojos, el cerebro, la boca… Esa es la persona. Una vez me dijeron que cuando cortas una cabeza el cuerpo ya no significa nada y tampoco es cierto del todo, ¿sabes? Queda mucho en el cuerpo de una niña sin cabeza. 

El asesinato de Clarnell Strandberg, como Edmund Kemper mató a su propia madre

Había vuelto con mi madre. Era ya de noche y me acosté. Mi madre se había ido a una fiesta y tenía pensado regresar algo tarde, así que no la esperé despierto. Sin embargo, escuché ruidos que me sacaron de mi profundo sueño. Escuché como subía las escaleras y se metía en la habitación. Me levanté de mi cama y me dirigí hasta su cuarto abriendo la puerta que había dejado entornada.

Se había metido en la cama y había cogido un libro. Levantó la vista y me dijo <<Supongo que querrás sentarte toda la noche y hablar ahora>>. Yo la miré. Permanecí callado un par de segundos y le dije <<no, buenas noches>>. Bajó la mirada y siguió leyendo. Entorné la puerta y bajé hasta la cocina. Me senté durante unos minutos y después abrí el cajón donde guardaba los cuchillos. Cogí uno. En el suelo, al lado de un pequeño armario que usábamos de despensa, estaba la caja de herramientas. La abrí y encontré un martillo. Lo cogí. 

Subí las escaleras y vi que ya no salía luz por el resquicio de la puerta de su habitación. Entré en silencio y lentamente. Escuchaba su respiración profunda, lo que me indicaba que ya se había quedado dormida. Afortunadamente entraba algo de luz de las farolas de la calle por la ventana y pude ver su cabeza perfectamente.

Alcé el martillo y lo bajé con toda la fuerza que mis 2,06 metros y mis 136 kilos me permitieron. Lo hundí en su cráneo. Se escuchó un golpe secó al partirse los huesos. Dejé el martillo en la mesita. Era el turno del cuchillo. Hundí el filo sobre su cuello, presionando hasta separar la cabeza de su cuerpo. Con la cabeza aún caliente, mantuve relaciones sexuales y al acabar. La dejé sobre uno de los estantes de la estantería que tenía en la habitación su madre. 

Fui hasta mi cuarto y rebusqué en uno de los cajones de un escritorio que tenía y sí, allí estaban mis dardos. Volví a la habitación de mi madre y su cabeza se convirtió en la diana perfecta. Me desahogué gritándole y diciéndole todo lo que había acumulado desde pequeño mientras los dardos se clavaban por toda su cara. Después cogí su cabeza y la estrellé contra la pared, lo que terminó de desfigurarla. Le corté la lengua y la laringe y las dejé caer sobre el triturador de basura. Todo lo devoró, menos las cuerdas vocales que las expulsó. Apropiado… tras todos los gritos que soporté durante tantos y tantos años. 

Después de aquello, escondí a mi madre en el armario, salí a beberme unas copas y me crucé con la mejor amiga de mi madre. Qué coincidencias… La invité a casa y ella aceptó, así que cuando entró por la puerta lo primero que hice fue estrangularla. Luego la escondí también en el armario. Ahora tenía una excusa para cuando las echaran de menos: ambas se habían ido de viaje juntas. Pero en el fondo no lo soporté. Cogí mi Ford, tres pistolas y munición. Estuve tomando pastillas de cafeína hasta llegar a Colorado y allí, tras levantar el teléfono confesé los asesinatos de mi propia madre y su mejor amiga. 

Me detuvieron y me enjuiciaron por los asesinatos. Soy un prisionero modelo. He participado en entrevistas a lo largo de todos estos años que llevo en prisión porque quiero que quienes estudian mentes como la mía entiendan qué me ocurre. No tengo pudor en hablar abiertamente de cómo cometí mis asesinatos porque sé que puede ser beneficioso para que detengan a tiempo a otros que quieren hacer lo mismo que yo.

Concedí las entrevistas para quienes me vieran y estuvieran lidiando con los sentimientos con lo que yo lidié puedan pedir ayuda. No se tiene bajo control todo el tiempo, es como quien empieza a fumar y cree que puede dejarlo cuando quiera pero en realidad, eso es mentira para la mayoría de todos nosotros. 

He tenido varias audiencias para concederme la libertad condicional. No puedo salir en libertad. La sociedad no está preparada para que yo vuelva a ella y no les culpo en absoluto. 

Si te ha gustado, te recomiendo leer la historia de Dennis Rader (BTK) un asesino en serie que pasó desapercibido durante décadas. Paralelamente llevaba una vida completamente normal, pero detrás de la máscara que usaba para cometer sus asesinatos, se escondía un hombre verdaderamente sádico.

Fuentes:

Entrevista a Edmund Kemper

https://monstruopedia.com/hombres-monstruosos/edmund-kemper/

4 comentarios sobre “Edmund Kemper: Diario de un asesino de colegialas

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