John George Haight: el asesino del baño de ácido

Si actualmente caminásemos por el elegante barrio South Kesington de Londres, y más concretamente por la calle Queen’s Gate, encontraríamos un imponente hotel que lleva décadas de funcionamiento. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, ocurrió algo que marcaría un antes y un después en la historia de este hotel. Un personaje que habitó en la estancia 404 del Onslow Court Hotel a mediados de los años 40. Y es que, aquel edificio más que tener una funcionalidad tradicional de hotel, realmente acogía a la burguesía inglesa de clases más elevadas a modo de residencia casi habitual. Un complejo repleto de comodidades para jubilados, oficiales, funcionarios y viudas con una considerable adquisición económica.

En aquella habitación 404, pasaba desapercibido el que se convertiría años más tarde en el protagonista de portadas de periódico y recibiría una amplia cobertura mediática al ser detenido como autor confeso de varios asesinatos. Su personalidad arrogante y su propia creencia de considerarse capaz de cometer el crimen perfecto, le harían caer en una serie de errores fatales que no pasarían desapercibidos para una avispada inquilina del hotel, ni tampoco para los investigadores que se encargarían de aportar luz a la misteriosa desaparición de la señora Duncand-Deacon, viuda de 69 años que residía en la habitación 115. Toda una trama, confesada por el propio Haight, digna de una novela de Agatha Christie. 

Intento de un negocio frustrado

La mañana del 14 de febrero de 1949, la señora Olivia Duncand-Deacon, había invitado a almorzar a su buena amiga como ya era costumbre. Olivia, siempre cuidaba el más mínimo detalle de su vestimenta, pues la apariencia siempre era algo importante. Sin embargo, aquella mañana iba a ser un tanto diferente. Había llevado consigo una pequeña caja donde guardaba lo que podría ser un buen negocio prometedor. Aunque Olivia no era millonaria, sí que podía permitirse una vida holgada gracias a las rentas e incluso, proponer algún negocio a empresarios con afán de ganar más dinero. Esa era sin duda, la intención de Olivia aquella mañana.

A lo lejos, observó como Haight se sentaba en una mesa situada en el mismo local donde ella se encontraba y Olivia no dudó en disculparse con su amiga para acercarse a aquel elegante vecino y de amables palabras persuasivas para proponerle un negocio interesante. Dispuesta a hacer aquella decente propuesta, se acercó a Haight y le tendió aquella misteriosa caja que retuvo con tanto recelo durante la mañana. Al abrirla, se pudieron ver una serie de uñas postizas y que parecía que quedarían muy elegantes en las manos de una bella dama. Olivia, insistió en que las señoritas se entusiasmarían y muchas de ellas desearían llevarlas puestas, pues estaba segura de que harían unas manos más finas y elegantes.

Haight se detuvo unos instantes a pensar sobre aquello y decidió proponerle a Olivia visitar a un amigo que él tenía para hablarle sobre el negocio e intentar lanzar la idea de la señora Duncand-Deacon. Ella se percató de que podría salir bien y le pareció buena idea poder visitar a aquel amigo que se encontraba en Crawley. Sin embargo, aquella viuda con afán de prosperar en los negocios, desconocía las oscuras intenciones que se escondían tras aquella cita que le había propuesto John George.

¿Dónde está la señora Duncand-Deacon?

Tan sólo cerca de 24 horas habían pasado desde la última vez que se la vio con vida. Presuntamente, había quedado con el señor Haight para acudir a aquella reunión el 18 de febrero y desde entonces no se le había vuelto a ver. Entre todos los inquilinos de aquel hotel que estaban almorzando la mañana del 19 de febrero, se alzó la mirada penetrante hacia Haight de la señora Lane. No dudó en acercarse para preguntarle dónde estaba Olivia, y aliviar aquella duda que la estaba asfixiando a cada minuto que pasaba. 

Lane no tenía demasiadas simpatías hacia Haight, nunca le pareció una persona honesta y que fuera de fiar, como si algo en su instinto le dijera que tras la amplia sonrisa, su máxima amabilidad y cordialidad, así como su impoluta forma de vestir, se escondiera un lado oscuro que nadie quisiera estar cerca para descubrirlo. Pero Olivia era de férreas costumbres y jamás había pasado una noche fuera del hotel sin antes avisar al personal. Era extraño en ella que pasara la noche fuera de su cómodo hogar.

<<Señor Haight, ¿sabe dónde está la señora Lane? Me dijo que tenía que acompañarla a una fábrica y no sé nada de ella desde entonces>>. Las palabras de la señora Lane fueron directas y sin rodeos, pero la habilidad de Haight para esquivar los golpes se mantuvo intacta. Le reconoció haber quedado con ella, pero dijo haber estado esperando una hora y media y Olivia no apareció en ningún momento. Todo pareció quedar ahí, aunque según transcurrían las horas la ansiedad de Lane seguía en aumento.

Al día siguiente, durante la hora de la comida, Haight se acercó con total disimulo a Lane para preguntarle si tenía alguna noticia del paradero de Olivia. La negativa fue acompañado de una advertencia de acudir a la comisaría para poder denunciar la desaparición de la señora Duncand-Deacon. Hacia la tarde, John George volvió a acercarse a Lane para decirle que lo mejor sería poder acudir juntos y hacer la denuncia ambos.

De tal forma, ambos se presentaron y Haight prestó largas declaraciones acerca de las últimas horas de Olivia. Advirtió que efectivamente, él había quedado con ella por un tema de negocios y que la llevaría hasta Crawley para presentarle un posible inversor. Sin embargo, ella nunca apareció, por lo que fue él solo hasta allí y regresó al cabo de un tiempo hasta el hotel. Pese a la rotundidad de las palabras de John, los agentes presentían que había algo en sus declaraciones que no eran del todo ciertas. De tal forma, Haight se convirtió en el principal sospechoso.

El almacén de los horrores

El 26 de febrero de 1949, tres hombres se dirigieron hacia una pequeña casa que tenía la función de almacén y para hacer algunos experimentos y trabajos. Edward Jones, era el director de una empresa de ingeniería que facilitaba materiales a Haight, que aunque no era empleado de la empresa, sí que realizaba puntualmente algunas labores, experimentos y sugería nuevas ideas al negocio. No obstante, Jones, no era consciente de lo que realmente ocurría entre aquellas cuatro paredes, pero algunas pistas comenzarían a salir a la luz tras forzar la entrada entre él y dos sargentos de la policía que le acompañaban para tratar de averiguar nuevos indicios en la investigación.

La primera impresión, fue ver un simple almacén con algunos botes de pintura, un delantal manchado con productos químicos, trapos sucios y herramientas e instrumentos de trabajo. También encontraron grandes contenedores que contenían ácidos peligrosos, máscaras de gas, botas altas, impermeables y guantes de goma. Hasta el momento, parecían observar materiales que pudieran casar con la labor que se realizaba dentro de ese almacén. Sin embargo, cuando la exploración se hizo más exhaustiva, hallaron pistas que harían cambiar de parecer a aquellos tres hombres.

Una sombrerera y una cartera de cuero fueron los primeros indicios sospechosos. ¿Quién iba a dejar en aquel sucio almacén este tipo de objetos que además eran de buena calidad? Además, la cartera contenía documentación personal, cartillas de racionamiento y cupones para adquirir vestimenta. Por otro lado, la sombrerera tenía en su interior pasaportes, carnets de conducir, certificados de matrimonio y, casualmente, ninguno de ellos pertenecía a Haight. Sin embargo, el hallazgo más sorprendente se encontraría al fondo de esa sombrerera, bajo toda la documentación hallada: un revólver del calibre 38 que, además, había sido recientemente disparado. Junto a él, ocho cartuchos más.

El ambiente podía cortarse con un cuchillo dentro de aquella destartalada casa que estaba sacando a la luz las mayores sospechas de aquellos tres hombres. Pero eso no era todo, tan sólo acababan de descubrir la punta del iceberg. Pues tras inspeccionar los bidones, aparecieron hundidos entre litros de grasa, un bolso de plástico rojo y un broche para el pelo. Las manchas que veían sobre las pareces y sobre el delantal que colgaba y que daba un aire tan tétrico a la atmósfera, comenzaron a pensar que realmente no se trataba de productos químicos, sino de litros de sangre que habían quedado allí durante quién sabe cuánto tiempo. ¿Serían de Olivia? Y en todo caso, ¿habrían más víctimas?

Siguiendo las pistas de los documentos hallados, pudieron dar con la joyería donde se habían vendido las joyas de la señora Duncand-Deacon y a la tintorería donde se dejó el abrigo de piel de ésta. Además, la descripción física de quién supuestamente había hecho todos aquellos trámites, coincidía sospechosamente con la de John George Haight.

A las 16:15 del 28 de febrero de 1949, se produjo la detención de Haight delante del hotel. Cuando la policía le comunicó que debía acudir hasta la comisaría en calidad de detenido, Haight ni se inmutó. <<Por supuesto. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para resultar útil, ya lo sabe>>, dijo Haight contestando afablemente. Quedaba poco para descubrir de su propia boca, el macabro modus operandi que llevaba a cabo.

El modus operandi y un toque de locura

– Hemos encontrado las joyas, el abrigo y el revólver. -Dijo el detective Symes. 

– Veo que sabe de qué va el tema. -Replicó Haight sin inmutarse.

– ¿Cómo llegaron a sus manos y dónde está la señora Duncand-Deacon?

Con esta pregunta, el detective abrió la puerta a la declaración firmada de Haight dónde explicaría con todo detalle cuál era su modo de actuar.

– La he disuelto en ácido sulfúrico. ¿Cómo van a demostrar que se ha cometido un crimen si no hay cadáver, detective Symer? 

Acto seguido, el detective advirtió a sus superiores de la conversación que acababa de tener con Haight y, seguidamente, se iniciaría una declaración que duraría tres horas y que explicaría cómo había actuado durante este tiempo.

Y es que, llevó a la señora Duncand-Deacon hasta aquel almacén donde estaría inspeccionando algunos materiales para perfilar la idea del nuevo negocio de uñas postizas, cuando Haight le disparó por la espalda y acabó con su vida al instante. Tras ello, le retiró el abrigo y los objetos de valor que llevaba consigo y le hizo una pequeña incisión en el cuello para recogerla con un vaso y poder beber parte de su sangre. Seguidamente, arrojaría su cuerpo en un amplio bidón y lo llenaría de ácido sulfúrico que haría desaparecer el cuerpo. Durante dos días estuvo acudiendo para ver cómo iba el proceso de reacción del ácido sulfúrico y cuánto del cuerpo de Olivia quedaba por disolver. Tras un par de días haciendo seguimiento, todavía quedaba algún hueso y grasa del cuerpo flotando, la cual retiró y esparció en los terrenos de delante de la casa. El resto que aún quedaba, lo dejó en el bidón e introdujo un poco más de ácido nuevamente.

Cuando finalizó la declaración sobre lo que le había sucedido a Olivia, Haight anunció que ello tan sólo se trataba de una pequeña parte de su historial criminal y terminó por atribuirse hasta cinco víctimas más. <<Los protagonistas de otra historia>>, dijo textualmente. Y es que, aquellas cartillas de racionamiento, pasaportes, etc, es cierto que estaban a nombre de otras personas, Donald y Amy McSwan, así como Archibald y Roasalie Henderson. Todos ellos, siguiendo el mismo modus operandi que con Olivia.

Hasta aquí todo parecía concordar con su declaración y la historia que John George contaba casaba con los hechos probados que sospechaban tener los agentes. Sin embargo, y en un momento dado, Haight decide añadir más víctimas a su historia criminal, asesinatos que parecían ser cometidos por simple gusto y atracción por crimen. Pero algo no encajaba en estas últimas muertes que se atribuía él mismo, pues mientras que los de Olivia y los dos matrimonios habían sufrido un robo de las pertenencias y su sangre había sido degustada. Daba a entender que el móvil era puramente económico. Además, luego eran disuelto en ácido con el fin de hacerles desaparecer y que no hallaran un cuerpo que fuera atribuido a un culpable. Pero quedaba un elemento en el aire que sí entrelazaba todos aquellos crímenes más allá del lucro: beber la sangre de sus víctimas.

Paralelamente a ello, el doctor Simpson, inspeccionó el escenario del crimen y halló lo que a simple vista parecían cálculos biliares. También encontró parte de un hueso que había pertenecido a un pie izquierdo, el bolso y la dentadura postiza. En conclusión, Haight, confiado en su astucia por cometer el crimen perfecto, parece que tuvo algunos fallos a la hora de calcular el tiempo de disolución de todo el cuerpo de Olivia. Los estudios pudieron determinar <<más allá de toda duda razonable>>, que las evidencias encontradas pertenecían a la señora Duncand-Deacon.

Sin embargo, todavía quedaba en el tintero averiguar si aquellas otras víctimas que de repente se atribuía Haight, debían ser incluidas en la investigación. Por tanto, ¿era cierto aquello o Haight estaba añadiendo un punto de locura a sus declaraciones para librarse de la horca? ¿hasta qué punto diferenciaba la línea entre el bien y el mal?

Fruto de aquellas dudas, el juez decidió confiar la resolución de aquellas preguntas a uno de los mejores médicos de aquel entonces para que hiciera una valoración psiquiátrica, el doctor Yellowlees. Tras indagar en el pasado de John George, llegó a la conclusión de que realmente era posible que la educación que había recibido hubiera podido influir notablemente en la personalidad como adulto. Pues, se había criado en un entorno de fanatismo religioso y además, sus padres pertenecían a una secta. 

La madre, pronosticaba el futuro en base a sueños que ella tenía y aquello le terminó por llevar a leer sobre ello y convertirse en un auténtico fanático. No tenía amigos y se convirtió desde bien pequeño en un chico absolutamente solitario y aislado del resto de sus compañeros. Todas aquellas conclusiones, junto con las interpretaciones místicas que realizaba de sus sueños el propio Haight, fueron interpretadas por el psiquiatra como un elemento que influyó notablemente en la vida de John George y que, sin duda, le había producido una enfermedad psíquica.

Haight anunció que desde joven, tuvo la revelación del espíritu santo y que le obligó a beberse su propia orina. Hecho que seguía haciendo desde entonces y los investigadores fueron testigo de ellos. No obstante, no fueron escuchadas las palabras del psiquiatra y tampoco las de John George, pues al parecer y pese a que la prensa decidió bautizarle como <<el vampiro de Londres>>, afirmó en el juicio que aquello fue una invención para poder ser juzgado como demente. Fue sentenciado a morir en la horca el 10 de agosto 1949.

Antes de ser ejecutado, Haight permitió que se hiciera una copia de su rostro de cera y también donó su ropa. Actualmente, puede verse su figura en la cámara de los horrores del museo Tussaud de Londres.

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