Peaches and Cherries: dos desconcertantes crímenes sin resolver

Podía escucharse el ritmo acompasado de los pasos que producía un excursionista al pasear por el Parque Estatal Hempstead Lake, en Nueva York, el 28 de junio de 1997. Era un soleado sábado y su única intención era hacer su caminata de forma tranquila. Familias y grupos de amigos habían salido a pasar el día para disfrutar de los primeros rayos de sol veraniegos. Sin embargo, ninguno sabía que en aquel parque neoyorquino donde se encontraban se ocultaba en uno de sus rincones una escena que partiría en dos la tranquilidad de toda una ciudad. 

Pasando totalmente desapercibido entre el gentío allí reunido, el excursionista estaba siguiendo su ruta. Sus pasos avanzaban a un ritmo constante pero pronto se detendrían al descubrir que a pocos metros suyos había un bulto que le llamaría poderosamente la atención. Preguntándose qué podría ser aquello y acercándose con la intención de descubrir qué era, pudo ver cómo lo desconocido se transformaba lentamente en un tétrico y nauseabundo escenario. Aquello que parecía haberse intentado ocultar con toda la intención había cobrado sentido. 

Las sirenas de policía comenzaron a oírse a lo lejos y podía intuirse cómo iban acercándose al agudizarse ese estruendo y característico sonido que acompañaba a sus luces. Varias patrullas de policía acordonaron la zona y rodearon el escenario. El color llamativo de una toalla roja atraía las principales miradas y junto con ésta, una funda de almohada con un estampado floral rodeaba el torso desnudo de una mujer. Los brazos habían sido amputados íntegramente, al igual que sus piernas, salvo que éstas habían sido cortadas por debajo de las rodillas. Tampoco hallaron la cabeza. El único elemento característico que podría ayudar a identificar el cuerpo de aquella mujer era un pequeño tatuaje a color. Un melocotón naranja rodeado por dos pequeñas hojas verdes y un mordisco en él del que emanaban dos gotas que simulaban caer. Esto era lo único que tenían los agentes para empezar a trabajar en el caso.

En un auténtico callejón sin salida, los policías decidieron fotografiar aquel tatuaje y hacerlo público. La única esperanza era que alguien pudiera reconocerlo y dar un nombre al cuerpo sin vida que había sido encontrado. No les estaba resultando sencillo elaborar una hipótesis que encauzara una vía clara de investigación y sus esperanzas quedaban depositadas sobre la ciudadanía y lo larga que tuvieran su memoria para poder recordar el tatuaje y relacionarlo con una mujer que un día pudo cruzarse en su camino o formar parte de él. Ante el asombro de algunos, el teléfono comenzó a sonar.

Al otro lado de la línea se podía escuchar la voz de un hombre que se identificó como Steve Cullen y que llamaba desde Connecticut. Se trataba del tatuador que realizó aquel tatuaje que era la única esperanza que tenían los investigadores de identificar el cadáver. Steve describió a la que fue su clienta como una mujer afroamericana que no llegaba a la veintena y que acudió a su estudio acompañada de una tía suya y de una prima mayor que ella. Steve le comentó también a los agentes que pese a que era originaria del Bronx, había decidido instalarse temporalmente en Connecticut para alejarse de una serie de problemas sentimentales que tenía con un joven con quien había mantenido una relación. 

Los agentes sabían que en el resto de extremidades que habían desaparecido podrían encontrarse otros tatuajes o marcas sobre la piel que pudieran ayudar también a esclarecer la identidad de aquella mujer. Sin embargo, también sabían que era cuestión de días o semanas que aquella suposición se convirtiera en una incógnita definitiva gracias al transcurso de la propia naturaleza.

Por su parte, el tiempo avanzaba impávidamente y hubo de pasar casi una década desde que aquel torso con el característico tatuaje fuera encontrado, para que todo despertara nuevamente. Otro funesto hallazgo que haría que el muro que tenían delante aquellos investigadores, se hiciera todavía más alto.

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Una maleta de color oscuro reposaba plácidamente en los alrededores de Harbor Island Park, en Nueva York, el 3 de marzo de 2007. El estado que presentaba y la forma en que fue hallada hacía suponer que nadie iba a ir ya en su búsqueda. La curiosidad por saber qué contenía aquella maleta fue mayor que preservar la intimidad de su anónimo propietario. 

Había pasado casi una década desde que el torso de aquella mujer con el tatuaje de un melocotón había sido encontrado a 50 kilómetros de este nuevo punto, a poco más de una hora en coche. El caso seguía estando abierto pero las esperanzas se habían ido apagando con el paso de los años. Sin embargo, el contenido de esta maleta haría despertar nuevamente el interés por el caso de <<Peaches>> (melocotones) -como había sido apodado por la policía poco después del hallazgo al tener esto como único y característico punto de referencia-. 

Un nuevo torso desmembrado y decapitado ocupaba el interior de la oscura maleta. La causa de la muerte se estableció que fue provocada por una serie de apuñalamientos con un arma blanca que no fue hallada. La víctima, por su parte, parecía tratarse de otra mujer afroamericana pero en esta ocasión algunos indicios hallados en el interior de la maleta, hicieron suponer que era de habla hispana. Además, este nuevo torso también tenía un pequeño tatuaje de características similares, aunque esta vez se trataba de unas cerezas. Así, Cherries (cerezas), sería el nombre que adoptaría esta nueva investigación. 

Junto con el torso se encontraron varias prendas de vestir. Por un lado, unos pantalones de chandal de la marca <<Champion>>, una camiseta beige de la marca <<Voice>> y una camisola roja con textos escritos en español. Una inspección más rigurosa de cada rincón de la maleta, hizo que encontraran unos pequeños papeles que habían acabado por esconderse entre las juntas. Al sacarlos para ser analizados, se percataron que uniendo cada uno de los trozos aparece el diseño de un calendario y las palabras <<cinco>> y <<comienza a vivir>>, ambas escritas en castellano. Además, la maleta era de marca exclusiva y tan sólo estaba disponible en las tiendas de Wal-Mart. 

A diferencia de Peaches, en este caso sí pudieron encontrarse ambas piernas de este nuevo cuerpo desconocido flotando en las aguas del mar de Oyster Bay en Long Island, Nueva York. 

Los agentes se habían encontrado nuevamente con otro callejón sin salida. La intuición apuntaba a que todo podía estar interrelacionado por los diferentes indicios que habían sido descubiertos, y no sólo por los tatuajes, sino también por el modus operandi y la similitud de ambos asesinatos. Sin embargo, no tenían hilo del que tirar para seguir investigando. Nuevamente tenían entre sus manos los restos mortales de alguien a quien no podían ponerle nombre. Tampoco a su asesino. Si es que estaban frente a uno sólo. 

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El periódico mensual Long Island Press alertaba a las autoridades el 13 de diciembre de 2016 del hallazgo de unos restos óseos en Jones Beach State Park. Fueron rápidamente recogidos y enviados al laboratorio para ser analizados. Paralelamente, otra alerta llegaba hasta las oficinas de las autoridades, y es que en Cedar Beach encontrarían los huesos de otro cadáver. Los resultados fueron absolutamente sorprendentes pues los análisis pudieron certificar que se trataba de las extremidades de Peaches. Pero además, los segundos encontrados confirmaron que se trataba de los restos óseos de un niño. Esto supuso la realización de análisis más profundos y el ADN jugaría un papel importante, certificándose que aquellos restos pertenecían a las de una madre y su propio hijo. 

Este sería hasta la fecha, el punto y final del caso. 

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Fuentes:

https://www.knoxnews.com/story/news/local/2017/12/26/who-killed-peaches-little-girls-murderer-never-charged-though-police-had-suspect/981134001/

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