Piedad, la niña envenenadora de 12 años que mató a todos sus hermanos

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1965. Barrio del Carmen, Murcia. Una época que pese a que la industria y España empezaron a crecer y a enriquecerse, no todas las familias corrieron la misma suerte. Algunos de ellos todavía se encontraban en el umbral de la pobreza, viviendo de manera realmente humilde. Entre ellos se encontraban los Martínez del Águila, quienes se vieron envueltos en un trágico crimen que conmocionó a la Murcia de antaño. 

Una sucesiva cadena de fallecimientos en la familia, hizo saltar todas las alarmas entre los vecinos. Muchos se cuestionaron qué era lo que estaba sucediendo en la familia Martínez del Águila. ¿Por qué los hijos estaban muriendo repentinamente? ¿Alguna enfermedad? Toda visión cambiaría cuando descubrieron restos tóxicos en los cuerpos de los pequeños. Primeramente fueron señalados los padres, pero nada más lejos de la realidad. La pequeña Piedad de 12 años de edad, ya estaba planeando su siguiente crimen para acabar con otro de sus hermanos, camuflada entre los rumores y acusaciones hacia sus progenitores.

LOS MARTÍNEZ DEL ÁGUILA 

Andrés era el padre de familia y estaba casado con Antonia Pérez. Dedicado a la albañilería, realizaba trabajos donde sus hijos más mayores, José Antonio y Manuel, de 16 y 14 años respectivamente, le ayudaban en las labores como albañil y chapista. Antonia, la madre, se dedicaba a hacer algunas labores en la calle para poder aportar algo más de dinero a la economía familiar, ya que eran una familia bastante numerosa. Además, se encontraba en un estado avanzado de embarazo. 

Entre tanto, Piedad, hija de 12 años de edad, se dedicaba a cuidar de sus otros hermanos más pequeños y a realizar algunas otras tareas más allá de las propias del hogar y representar, en mayor o menor medida, el papel como madre y cuidadora de los más pequeños de la casa. Piedad, cuando disponía de algo de tiempo libre tras haber llevado a cabo las tareas del hogar, se dedicaba a pulir piezas de motocicleta y aportar su granito de arena a la economía del núcleo familiar. Asimismo, también sus hermanos Jesús (10 años), Cristina (8 años) y Manuela (6 años), también la ayudaban con el lijado de esas piezas. El resto de hermanos más pequeños (Mari Carmen, Mariano, Fuensanta y Andrés), no realizaban ninguna tarea por su, todavía, más corta edad. 

MISTERIOSAS MUERTES CADA CINCO DÍAS 

La mañana del 4 de diciembre de 1965 se producía la primera de las muertes. La pequeña María del Carmen, de tan sólo nueve meses de edad, perdía la vida de manera totalmente repentina para la sorpresa de todos. Al percatarse de tal suceso, la familia decidió llamar inmediatamente al médico, personándose y no pudiendo hacer más que certificar la muerte de la pequeña. El diagnóstico del fallecimiento fue meningitis. Tras la noticia, la familia pasó su duelo y dolor tal y como ya lo había hecho anteriormente, pues no era el primero de los hijos en fallecer por aquella causa. Cinco años atrás ya habían corrido la misma suerte con otro bebé de apenas dos meses. 

Sin embargo, tan sólo cinco días más tarde, volvía a fallecer otro de los hijos del matrimonio. En este caso, fue Mariano de dos años de edad, quien perdía la vida y el médico volvió a certificar la muerte por la misma causa: meningitis. 

Llegado este punto, todavía no habían saltado todas las alarmas, pero bastó otro fallecimiento cinco días después para que los juzgados conocieran la causa. Fuensanta, con apenas cuatro años de edad perdía la vida en las mismas circunstancias que sus otros hermanos. Al observar aquello el médico, no firmó el acta de defunción y en secreto remitió a los juzgados y a la Jefatura de Sanidad lo que estaba pasando entre las cuatro paredes de la familia Martínez del Águila.

Al día siguiente, el periódico <<La Verdad>>, publicaba la noticia haciéndose eco de los acontecimientos y dejando entrever que se podría tratar de una extraña enfermedad tremendamente contagiosa. 

Todas las alarmas saltaron entre los vecinos quienes comenzaron a evitar a la familia y a esquivar posibles encuentros, ya que creyeron las palabras de aquel periódico y realmente pensaban que podrían tener alguna enfermedad que les contagiara y acabar enfermando y finalmente, muriendo. 

Cada uno de los miembros de la familia Martínez del Águila fue ingresada en el Hospital Provincial de Murcia ya que era necesario la valoración médica de todos los miembros para detectar cualquier anomalía que estuviera afectando a los más pequeños al tratarse de los más vulnerables. Todos fueron sometidos a todo tipo de pruebas para descartar cualquier bacteria o virus que estuviera provocando algún contagio. Sin embargo, tras ser analizados cada uno de los Martínez del Águila, los médicos no encontraron absolutamente nada, ni en los padres ni en los otros hermanos de los fallecidos que estuviera produciendo un contagio y las sucesivas muertes de los más pequeños de la casa. De tal manera, fueron dados de alta y pasaron las navidades todos juntos en su hogar, no sin antes recetar vitaminas a todos los niños del barrio para reforzar su sistema inmunológico y evitar que cayeran enfermos. 

Pero todo cambió el 4 de enero de 1966 cuando fallecía Andrés, de cinco años de edad. En menos de un mes, 4 de los hijos del matrimonio habían fallecido con los mismos síntomas: manchas rojas, fiebre, desmayos y fuertes convulsiones. Tras estos episodios los pequeños fallecían, y en menos de media hora, sus corazones dejaban de latir. 

Muestras de tejidos viscerales de Fuensanta y Andrés fueron enviados a analizar en el Instituto Nacional de Salud, mas no obtuvieron resultado alguno de bacterias o virus que pudieran estar provocando aquello. Sin embargo, las sospechas eran más que evidentes, y era necesario saber qué era lo que estaba sucediendo en aquella familia para evitar tragedias futuras. Era tal el desconcierto sobre lo que estaba sucediendo que finalmente decidieron que los restos de los cuatro hermanos fueran exhumados para obtener muestras de los diferentes cuerpos y remitirlas al Anatómico Forense para hacer un estudio más profundizado. 

Tras el análisis de las evidencias recogidas de cada uno de los cuerpos, los analistas no tuvieron duda alguna tras el hallazgo de dos sustancias clave: DDT (dicloro difenil triclor) y cianuro potásico. El caso fue remitido a la Universidad de Murcia, donde tuvieron que hacer distintos experimentos con animales para determinar dónde se encontraba el límite de ingesta de estas sustancias para producir la muerte. También querían averiguar si la ingesta había podido ser a raíz de algún alimento en concreto o, lo que muchos se temían, que hubiera sido suministrado por alguno de los miembros de la familia a conciencia.  

NO FUI YO. FUE MI MADRE 

Lo estudiado hasta el momento indicaba que no era tarea sencilla a lo que se estaban enfrentando. El caso debía ser llevado por profesionales de la investigación criminal y, por aquella razón, tomó el relevo la Brigada de investigación Criminal. 

España era conocedora de lo que estaba sucediendo y muchos periódicos se hicieron eco de ello. Muchos reporteros decidieron seguir la crónica de lo sucedido y acudir al lugar con el fin de recopilar información de primera mano. Algunos incluso tuvieron la posibilidad de entrevistar al resto de hermanos pequeños, destacando por encima del resto, la actitud de Piedad. Impasible, sonriente y con una perturbadora mirada pérfida. Periódicos de la época hasta decidieron recrear conversaciones en sus artículos ante situaciones de indiferencia de Piedad frente al miedo que tenían sus hermanos al intuir quién sería el siguiente en perecer. 

Sin embargo algo cambió cuando se percataron de un detalle que había pasado totalmente desapercibido durante todo este tiempo: Piedad era la última que había visto a las víctimas y era quien cuidaba de los pequeños en ausencia de los padres. Pero no podían levantar sospechas, así que uno de los inspectores decidió tenderle una trampa, la cual trataría de esquivar Piedad, aunque totalmente en balde. 

Aquel inspector llevó a la pequeña a un bar con mucha gente y gran bullicio, donde pronto empezó a relajarse. La invitó a un vaso de leche y la conversación fue haciéndose distendida con el paso del tiempo. Cuando el inspector de policía observó que la niña se encontraba en confianza con él, decidió sacar una bola de cianuro y tuvo la intención de echársela en el vaso de leche. Ante aquello, la niña prendió su vaso con fuerza y mirando al agente le advirtió del daño que podría causar haciendo eso. En aquel instante, el policía se percató y corroboró sus sospechas: aquella niña tan pequeña era consciente del nivel de daño que aquellas sustancias provocaba. Tras varias insistencias para que la niña bebiera la leche con aquella sustancia y la negativa cada vez más insistente de Piedad, el policía decidió preguntarle directamente si le haría tanto daño como a sus propios hermanos. 

El rostro de Piedad habló por sí mismo. Y pronunció las siguientes palabras: <<Sí. Yo les maté. Los tres primeros por orden de mi madre. El último, por mi propio impulso>>. 

Piedad explicó cómo preparaba aquella mezcla mortal para envenenar a los pequeños. Realizaba unas bolas con materiales para limpiar las piezas de las motos y lo mezclaba con matarratas, de tal manera, cuando los niños ingerían la mezcla, en apenas media hora acababan falleciendo entre grandes sufrimientos. 

Los agentes creyeron la versión, a excepción de un detalle, y es que siguieron investigando para demostrar que realmente ella había actuado de motu propio y la madre no tenía nada que ver con lo sucedido. Mientras tanto, Piedad ingresó en un hospital psiquiátrico donde llegó a dar hasta cinco versiones diferentes de lo ocurrido. Allí, fue diagnosticada de psicopatía y tras todo aquello volvió a ser una niña feliz, sin ningún tipo de remordimiento. Algunas versiones apuntan que al alcanzar la edad adulta profesó los hábitos religiosos, otros, que volvió a la calle para hacer vida normal. 

Los padres pasaron un largo proceso para salir de la prisión provisional y desde aquel fatídico episodio todo fueron desgracias para la familia. El padre sufrió un accidente laboral y quedó ciego. Y del resto de los hijos, uno de ellos fue detenido por robo y otro por agresión sexual. 

Desde que sucedieron tales acontecimientos, jamás se volvió a saber nada de Piedad. 

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Fuentes:

https://www.laopiniondemurcia.es/comunidad/2016/03/13/piedad-letal-envenenadora-murcia-12/721188.html

https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/201512/13/adorable-piedad-escondia-terrible-20151213003115-v.html

4 comentarios sobre “Piedad, la niña envenenadora de 12 años que mató a todos sus hermanos

  1. Interesante, y que llevaria a una niña, con su corta edad, a maquinar todo esto… La mente es algo a veces no llegamos a entender. Gracias por tus relatos

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